La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie

¿Qué sabemos de Nigeria? Hace pocos meses una periodista francesa, durante una entrevista a la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cometió la torpeza de preguntar si en Nigeria había librerías. La entrevistadora, de un programa cultural francés, preguntó a la laureada novelista si creía que sus libros se leían en Nigeria. “Le sorprendería saber que sí; se leen, no sólo en Nigeria sino en África”. La entrevistadora continuó “¿Es que hay librerías en Nigeria?” y trató de corregirse inmediatamente admitiendo “No sabemos mucho sobre Nigeria, aparte de la violencia de Boko Haram, y quizá su presencia en el programa nos podría ayudar a superar nuestra ignorancia sobre su país”. El rifirrafe en las redes fue monumental, y fue salvado por la propia autora que en un comunicado de prensa defendió a la entrevistadora por la calidad e inteligencia de su trabajo, e introdujo la reflexión sobre el desconocimiento de África desde Europa, hasta el punto de que alguien se pueda preguntar en voz alta qué vida cultural hay, cuánta gente lee, o qué dotaciones culturales como librerías y bibliotecas tiene un país que ¡posee un Premio Nobel de Literatura (Wole Soyinka) o un novelista conocido como “padre de la literatura africana moderna” (Chinua Achebe) galardonado por más de treinta universidades del “primer mundo”! Eso además de la actual celebridad de la propia Chimamanda Ngozi Adichie, nigeriana y profesora en universidades estadounidenses, que además de por su propia obra literaria es un modelo para toda una generación de mujeres en todo el mundo gracias a su charla TED de la que ya hablamos aquí “Todos deberíamos ser feministas”.

Antes de llegar a la celebridad, a la charla TED, al éxito editorial y al programa televisivo, Adichie ha luchado como muchos novelistas para abrirse paso, en primer lugar, dentro de su propia expresión, encontrar su estilo y lenguaje propios, y el modo de desarrollarlos en una obra narrativa.

Y la novela que nos trae hoy, “Purple Hibiscus”, traducida en español como “La flor púrpura” es la primera (2003) de las tres de esta autora, y de alguna manera un precedente de su novela más famosa “Americanah” (2013).  La flor púrpura, volvamos al asunto inicial, se desarrolla en una Nigeria que no conocemos por las noticias, y que quizá no imaginamos. Relata la historia del crecimiento personal y emocional de una joven de quince años (Kambili), tímida y brillante, y su relación con su familia: un padre rico, muy rico, propietario de varias empresas, benefactor de diversas comunidades vecinales, católico muy rígido; una madre humillada más que sumisa; un hermano que quiere comenzar a ser rebelde; una tía -profesora universitaria- libérrima y pobre; y unos primos que proporcionan una ventana de aire fresco al opresivo ambiente familiar en que vive Kambili su adolescencia… hasta que ocurren sucesos que no vamos a contar aquí, que mezclan los problemas de la actual Nigeria postcolonial y frágil con uno de los mayores males que asolan muchos de los hogares y familias de esto que podemos convenir en llamar irónicamente “el primer mundo”.

La flor del hibisco rojo aparece simbólicamente en tres breves menciones a lo largo de la novela, mezcladas con numerosas alusiones a las distintas plantas del jardín de la rica casa familiar de Kambili o del patio de la destartalada casa de la tía Ifeoma, junto con interesantes contrastes entre una casa y otra: la obediencia, la disciplina, el silencio, el respeto, y hasta la higiene personal son tremendamente opuestos de una casa a la otra; a estas apreciaciones debemos añadir la carga simbólica que tienen las muy frecuentes menciones -que no descripciones casi- a un amplio despliegue de alimentos de nombres locales cuyo sabor ignoramos, como ignoramos en el fondo casi todo sobre el clima -que también juega su papel en el relato- o ignoramos aspectos sobre cómo se comporta la gente en las casas, las calles, las carreteras, los colegios o las universidades de Nigeria, los padres con los hijos, los maridos con las mujeres o los jóvenes con sus mayores.

El símbolo final, y esta es una apreciación muy personal como lector, es el padre Amadi, joven sacerdote católico nigeriano que es enviado por sus superiores a una parroquia en Alemania, en un viaje con el que se cierra el círculo de la colonización  cultural.

Honorio Penadés

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