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Historias por fin contadas: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Ţîbuleac

 

 

 

 

 

 

Volver a un momento concreto del pasado si eso fuera posible, a uno de los que parten el tiempo en dos y dan un giro completo a la vida. Para Aleksey, ese momento coincide con el verano que pasó junto a su madre en Francia, aquel en el que fue consciente de la belleza de los ojos de ella y de otras muchas cosas que se tratan en la novela. 

Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro

 

Esta obra da voz a un joven desequilibrado, dedicado básicamente a odiar con energía todo su entorno, y sobre todo a su madre. Alguien que habla de sus sentimientos con la radicalidad y la dureza del adolescente convencido de sus propios argumentos, y de la razón de su propia ira. Aunque se expresa con la voz de un chico, progresar en la lectura es  ir descubriendo que ya es un hombre adulto —un pintor famoso— y este relato de vuelta al pasado es en realidad un ejercicio recomendado por su psiquiatra.

Después de varios giros, nos encontramos con una historia que va mucho más allá de la relación de un joven esquinado y una mujer poco hábil, que no despiertan una especial empatía inicial. Con una graduación muy dosificada de lo que se muestra, vemos cómo va a cambiar la convivencia entre los dos personajes y cómo se saldan las viejas deudas. El anuncio de una enfermedad y las atenciones del hijo hacia la madre dan espacio para que ambos se descubran con toda su vulnerabilidad y superen el desamor que les ha marcado.

Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas

 

Además, durante aquellos meses en el pueblecito de vacaciones del norte de Francia, el joven llega a convivir de forma cercana con la gente del lugar y encuentra a Moira, la que será su pareja más adelante. Esta coincidencia, y el desenlace futuro, hacen que ese verano sea crucial para él en varios sentidos. Sobre la base de los recuerdos y los sentimientos de Aleksey, Tatiana Ţîbuleac crea un conjunto emotivo, en el que se alternan fragmentos unas veces duros y otros de gran delicadeza.

 

V. Maldonado

Apegos feroces, Vivian Gornick

“Apegos feroces” escrito por Vivian Gornick, periodista, escritora y mujer muy comprometida con la segunda ola feminista de los años 70 en Estados Unidos.

Escribe en primera persona sobre su experiencia vital, está escrito en 1986 pero ha sido traducido en 2017 y elegido Libro del Año por el Gremio de Libreros de Madrid y galardonado con el Premio Euskadi de Plata 2018.

Foto José Luis Prieto

Son las memorias de la autora que va recordando mientras pasea con su madre por la ciudad de Nueva York, entre ellas hay una relación difícil y complicada con algunas disputas pues tienen diferentes formas de ver las mismas situaciones.

Itinerarios que sirven para que la hija vaya recordando momentos de su pasado, y así conocer su infancia, sus miedos, sus relaciones con su madre, el ambiente del vecindario en el que viven y sus relaciones con ellos. Son judíos socialistas y se encuentran más cómodos con gente de su religión.

“La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras.”

“Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente.”

En la primera parte están más presentes las mujeres que le han influido en su vida, teniendo como figura central su madre y una vecina muy diferente de su madre que le ofrece otros puntos de vista y le abre otras posibilidades. En conjunto las vecinas también están presentes y su forma de relacionarse. Entre todas estas relaciones afloran muchos temas a destacar como la violencia machista, la superioridad machista, el abuso, el maltrato y diferentes formas de relacionarse entre las parejas. Pero no todo iba a ser negativo también aparece la camaradería entre ellas.

Hay otra parte que en la que nos habla de su relación con los hombres de su vida, Stefan su marido, Davey y Joe Durbin. No son relaciones sencillas con ninguno de ellos, quizás todo el bagaje personal no lo han favorecido.

La obra tiene una gran calidad literaria con un buen manejo de los tiempos, del presente vuelve hacia atrás en diferentes momentos, siendo muy evidente al momento de su vida que se refiere.

Es un libro muy recomendable y en nuestra biblioteca hay guías de Nueva York, ciudad en la que transcurre todo.

Rosa Jiménez Villarín

 

 

Cuentos republicanos, de Francisco García Pavón

El imaginero que nos creó la infancia nunca se borra, y todavía, de cuando en cuando, nos revela un rincón, un escorzo, una sonrisa, un sueño o un lamento, sumergidos durante tantos años en la bodega de nuestros sentires y recuerdos.” (Cuentos de mamá)

Francisco García Pavón, que nació hace ahora cien años, es un autor clave en la historia del relato (o cuento, como él decía) en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Y con motivo del centenario, además de una edición de sus obras completas, se están repitiendo en los actos de homenaje al autor que se celebran en distintas instituciones de Madrid y su localidad natal, Tomelloso. Con frecuencia en estos actos, como en los amplios reportajes que le dedica la prensa, se cae en la lamentación («¡ya nadie se acuerda de Pavón!») o en el reproche («¿por qué ya no leemos a Pavón?») y yo no quiero caer ni en una ni en otro.

Los «Cuentos republicanos» que nuestro autor publicó en 1961 forman parte de un repertorio de libros que, entre el formato de colección de relatos encadenados o de novela desestructurada, reflejan las vivencias («vividuras» decía Pavón) del autor en su infancia, adolescencia y juventud, que coinciden con tres etapas históricas que quedan reflejadas: Monarquía, República y Guerra Civil. Los Cuentos republicanos, contrariamente a lo que parece indicar su nombre, lo que cuentan es el momento previo, inmediato, a la llegada de la República en 1931, y lo cuentan desde la óptica del niño que se hace mayor y con un lenguaje que a mí se me antoja delicioso, evocador, como en este fragmento en que con aires proustianos recuerda la luz de una habitación:

Todo tenía allí cara de tarde intemporal, de tarde sin reloj, de sueño de sueños. Conversaciones antiguas que uno no recordaba en la calle o en otras habitaciones meridianas, allí tornaban a la memoria suavemente. Las risas y los perfiles de otras gentes que fueron, que fundaron la casa, que sintieron amores ya transportados en los lomos aristados de la muerte, se evocaban con facilidad en aquel gabinete granado.

Lo de proustiano se ha dicho muchas veces sobre Pavón, y por ahí van los tiros, creo yo.  Que uno no acude a sus obras para entender cómo era la vida privada en un pueblo manchego en los años 30, qué trastadas hacían los chavales entonces al salir de la escuela, la impresión de la compra del primer automóvil de la familia o cuánto quería el autor a su abuelo carpintero, sino para saborear -con todos los sentidos, porque olores y tactos abundan en sus evocaciones- las impresiones de un niño que comienza a hacerse joven casi a la fuerza y acompañar sus miedos, sorpresas y descubrimientos.

Vimos, debajo de nosotros, una mozona en cuclillas, con las nalgas al aire y la cara casi entre las rodillas. En su natural empeño, sacaba mucho la quijada de abajo o quijada maestra. El aire le alborotaba los pelazos negros del moño. Parecía, por lo inquieta, que le hubiera cogido en aquel lugar la precisión de tan fuerte manera, que no tuvo tiempo de llegarse hasta la corraliza donde moraban los patos, lugar señalado en el caserío para aquel linaje de solaces legítimos y de siempre consentidos por los moralistas más estrictos.

El advenimiento de la República es uno de los temas recurrentes, no sólo en este libro sino que es un momento que Pavón evocó a lo largo de su obra en otros libros -él, republicano liberal toda su vida- lo que podemos conocer de primera mano en el relato de este testigo que -en sus palabras- «nunca sintió la necesidad de transmitir sus arrechuchos o alegrías» ni mucho menos el relato histórico, sino que se debe más bien a «una cierta hipersensibilidad que desde mis primeros años me hizo más proclive a la callada observación”.

Dos días después de la proclamación de la República se reanudaron las clases en el «Gran Colegio de la Reina Madre», primaria y bachillerato. Por si acaso, las órdenes emitidas por los dos grandes jefes, Eugenio y Manolo, eran terminantes: «Entraremos todos a la vez. Nos reuniremos en la esquina del Casino de la Iberia». (…) Don Bartolomé apareció con el abrigo azul manchado y el ABC bajo el brazo. Se puso ante nosotros como para echarnos una arenga. Instintivamente todos nos colocamos tras los dos grandes jefes.

Podemos leer el relato del entierro de «El Ciego», propietario de uno de los burdeles del pueblo, como un ejemplo de costumbrismo, si queremos, o podemos encontrar en el mismo la veta de solidaridad que nuestro autor, desde muy chico, sintió por los difuntos y por los practicantes de los gozos de la carne, y sobre la incógnita de la muerte dejó pensado y dicho tanto en sus libros como lo que nos cuenta sobre los calentamientos generativos. En una conferencia en 1976 decía “hay en mi literatura dos temas bastante reiterados, que casi siempre acusan los críticos con varia orquestación: la muerte y el sexo, binomio este que sí estoy seguro me llegó por la guita umbilical del terruño. EI muerterismo de estos pueblos no es terrorífico sino de amena resignación ascética, y en cuanto al sexo, siempre ha sido rodal apetecido para hacer comparanzas y provocarse los mayores regustos verbales e imaginativos.”

La puerta de la casa estaba abierta de par en par. Y en el patio, donde se alternaba en verano, bullían todas las mujeres del gremio de la ingle que en el pueblo había. Pintarrajeadas y con velillos partidos en la cabeza, más bien trozos de mantilla o de algún velo grande de viuda, ya que, a buen seguro, en el colegio de la fornicación de Tomelloso no debía haber velos suficientes. A pesar de que querían ponerse serias, por la gravedad de la ocasión, se les vertían risillas y gritos, y no daban paz a las posaderas sobre las sillas. Se rebullían sus cuerpos vestidos de vivos colores, en la cálida tarde primaveral soltaban un tufo de polvos, colonias gruesas y vino agriado, que trascendía a la calle. Sus caras eran flores de trapo con ojos turbios y bocas rotas. Ojos mal dormidos, desacostumbrados a la luz del sol.

Si de comparaciones se trata hay, ya lo he dicho, opiniones que encuentran en estas páginas un «manchego proustiano» (Francisco Umbral) por “el tono evocador que responde al afán de recuperar el tiempo perdido” (Francisco Yundurain); y también he oído decir que se trata de un caso precoz de «autoficción» -el autor se sitúa en el centro, o de lado, en una acción que en realidad conoce de segunda mano, en la que no participó, o que fue de una manera distinta, pero nos la cuenta como si la hubiera protagonizado. Estas autoficciones las encontraremos en sus libros «Cuentos de mamá» (1952), «Los liberales» (1965) o «Los nacionales» (1977), que me parecen lo mejor de su obra junto con los «Cuentos republicanos» (1961).

De García Pavón encontrarás en nuestra biblioteca unos cuantos de sus libros, incluyendo los relatos que digo, así como algunos de los que le dieron mayor popularidad, los protagonizados por el detective Plinio, y alguna de las antologías de relatos de sus contemporáneos y de teatro, sobre el que escribía como catedrático de Literatura Dramática en Madrid.

Honorio Penadés