Tres historias, tres hoteles, una época: Relatos de Franz Werfel, Arthur Schnitzler y Stefan Zweig

Concebidos para un tiempo provisional, lugares de descanso, encuentro, actos sociales o alojamiento transitorio durante un viaje de trabajo, los hoteles han sido también espacios elegidos para vivir, escribir, a veces morir, y el emplazamiento de numerosas tramas literarias. A continuación, tres novelas cortas nacidas de la narrativa centroeuropea de entreguerras y ambientadas en hoteles, un itinerario que comenzaremos con la obra de Franz Werfel, La escalera del hotel.

Son cinco pisos los que separan a la joven Francine de su habitación y un momento el que tarda en decidir que no esperará al siguiente ascensor. Elige el fatigoso camino de la escalera, y el curso de sus pensamientos durante el intervalo de subida da paso a la narración. Esta nouvelle de 1927 incluye un texto preliminar que Franz Werfel escribió para la edición en lengua inglesa de algunos de sus relatos y novelas, un prólogo a su juicio necesario para que el público, sobre todo norteamericano, pudiera contextualizarlos: Ensayo sobre el imperio austrohúngaro.

En él hace una defensa apasionada de aquel estado imperial ya fragmentado, que llegó a unir a veinticuatro países y a trece pueblos diferentes en un área geográfica donde se hablaban varias lenguas y dialectos, y se podían contemplar las formas naturales más hermosas e imaginables. Lo describe entre otras cosas como entidad integradora, origen de un próspero intercambio de culturas a lo largo de la historia, cuyo fin después de la Gran Guerra dejó a su población amenazada por nuevos núcleos de violencia, dividida entre dos épocas y, de alguna forma, sin hogar.

De este mundo proceden Werfel y su personaje Francine, hija de un antiguo ministro del imperio, que comparte de cierta manera el desapego del padre por la realidad presente. Mientras sortea la escalinata —un espacio suntuoso, de alfombra roja y cristales tintineantes en la araña que corona el vestíbulo— va haciendo balance de lo que ha vivido durante los últimos días, a la vez que varía el ritmo de sus pasos y el de sus sentimientos. Primero, de liberación por la situación dolorosa y la relación desafortunada que ha dejado atrás; más tarde, de aceptación de una nueva vida que se presenta ante ella.

Sin embargo, Francine desconfía: «Ayer aún poseía algo. ¡Temores, conflictos, decisiones! Era rica. La liberación me ha hecho pobre. Me siento como si hubiese sufrido hoy una gran pérdida. La suerte esboza una sonrisa. Y lo que yo era, eso ya no lo volveré a ser nunca más…»

En el prólogo a la edición española, Olga García hace referencia a otras dos «jóvenes literarias» de los años veinte hospedadas en elegantes hoteles alpinos, Else y Erna. La primera de ellas da título a la novela de Arthur Schnitzler La señorita Else, a quien encontramos alojada en el turístico Fratazza de San Martino di Castrozza, en el corazón de los Dolomitas. Allí recibe una carta de su madre con el encargo de pedir prestado a un conocido el dinero que podrá salvar a su padre de la cárcel. Atrapada en una red de normas sociales, la demanda a su vez del prestamista convierte a Else en moneda de cambio y la coloca en una posición para la que no encuentra salida.

Arthur Schnitzler está considerado el introductor del monólogo interior en la literatura alemana. En esta novela de 1924 intercala, por una parte, el debate agónico de Else con su propia conciencia y, por otra, el diálogo que mantiene con los demás personajes, donde se refleja su soledad, su incomunicación y la enorme fractura en la que vive con respecto al mundo exterior y a su familia: «Un poco de ternura cuando está guapa, y un poco de inquietud cuando tiene fiebre, y la envían a una al colegio, y en casa aprende piano y francés (…). Pero ¿os habéis preocupado nunca de saber lo que pasa en mi interior y lo que se agita y tiene miedo en mi interior?»

A través de estas páginas nos asomamos a la corriente de pensamientos y emociones de ambas protagonistas, que adoptan todos los registros posibles, ritmos, perspectivas y opiniones encontradas hasta llegar a una determinación común, más previsible en el caso de Else y lejos de toda lógica en el de Francine. Franz Werfel nos ofrece algunas claves en el epílogo de La escalera del hotel.

Por último, hallamos a Erna disfrutando de unos días de vacaciones en otro hotel italiano a orillas del lago de Garda. La novela es Ocaso de un corazón, escrita en 1927 y publicada en castellano junto a dos obras más de Stefan Zweig bajo el título Sendas equívocas (Ediciones Ulises, 2014). De nuevo, una crónica de soledad, aislamiento y declive, que se desencadena cuando el padre descubre las ausencias y los encuentros nocturnos de su hija en ese entorno de ocio, lejos del ambiente controlado del hogar. Lo que el viejo Salomonsohn entiende como traición de Erna provoca en él —verdadero protagonista de la novela— una sucesión de estados entre la ira, el dolor y la atonía, y un alejamiento calculado con respecto a su familia, para la cual es un extraño desde hace tiempo.

Son tres relatos con rasgos comunes, origen de sus autores, época, ambiente —los amigos Werfel y Zweig intercambiaron cartas en las que se informaban de estar redactando “historias de hoteles”— y contienen una marcada dimensión psicológica. La escalera del hotel (Mármara, 2018) y La señorita Else (El Acantilado, 2001) se encuentran en la colección de las bibliotecas de la Universidad junto con otras obras de Franz Werfel, Arthur Schnitzler  y Stefan Zweig.

Y a propósito de hoteles, podemos acercarnos a destinos de todo el mundo en los que han tenido lugar historias de ficción y estancias reales de personajes de la política, el arte, el pensamiento y la literatura —entre ellos, estos autores— a través del libro de Nathalie de Saint Phalle, Hoteles literarios: viaje alrededor de la Tierra.

V. Maldonado

Cuentos republicanos, de Francisco García Pavón

El imaginero que nos creó la infancia nunca se borra, y todavía, de cuando en cuando, nos revela un rincón, un escorzo, una sonrisa, un sueño o un lamento, sumergidos durante tantos años en la bodega de nuestros sentires y recuerdos.” (Cuentos de mamá)

Francisco García Pavón, que nació hace ahora cien años, es un autor clave en la historia del relato (o cuento, como él decía) en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Y con motivo del centenario, además de una edición de sus obras completas, se están repitiendo en los actos de homenaje al autor que se celebran en distintas instituciones de Madrid y su localidad natal, Tomelloso. Con frecuencia en estos actos, como en los amplios reportajes que le dedica la prensa, se cae en la lamentación («¡ya nadie se acuerda de Pavón!») o en el reproche («¿por qué ya no leemos a Pavón?») y yo no quiero caer ni en una ni en otro.

Los «Cuentos republicanos» que nuestro autor publicó en 1961 forman parte de un repertorio de libros que, entre el formato de colección de relatos encadenados o de novela desestructurada, reflejan las vivencias («vividuras» decía Pavón) del autor en su infancia, adolescencia y juventud, que coinciden con tres etapas históricas que quedan reflejadas: Monarquía, República y Guerra Civil. Los Cuentos republicanos, contrariamente a lo que parece indicar su nombre, lo que cuentan es el momento previo, inmediato, a la llegada de la República en 1931, y lo cuentan desde la óptica del niño que se hace mayor y con un lenguaje que a mí se me antoja delicioso, evocador, como en este fragmento en que con aires proustianos recuerda la luz de una habitación:

Todo tenía allí cara de tarde intemporal, de tarde sin reloj, de sueño de sueños. Conversaciones antiguas que uno no recordaba en la calle o en otras habitaciones meridianas, allí tornaban a la memoria suavemente. Las risas y los perfiles de otras gentes que fueron, que fundaron la casa, que sintieron amores ya transportados en los lomos aristados de la muerte, se evocaban con facilidad en aquel gabinete granado.

Lo de proustiano se ha dicho muchas veces sobre Pavón, y por ahí van los tiros, creo yo.  Que uno no acude a sus obras para entender cómo era la vida privada en un pueblo manchego en los años 30, qué trastadas hacían los chavales entonces al salir de la escuela, la impresión de la compra del primer automóvil de la familia o cuánto quería el autor a su abuelo carpintero, sino para saborear -con todos los sentidos, porque olores y tactos abundan en sus evocaciones- las impresiones de un niño que comienza a hacerse joven casi a la fuerza y acompañar sus miedos, sorpresas y descubrimientos.

Vimos, debajo de nosotros, una mozona en cuclillas, con las nalgas al aire y la cara casi entre las rodillas. En su natural empeño, sacaba mucho la quijada de abajo o quijada maestra. El aire le alborotaba los pelazos negros del moño. Parecía, por lo inquieta, que le hubiera cogido en aquel lugar la precisión de tan fuerte manera, que no tuvo tiempo de llegarse hasta la corraliza donde moraban los patos, lugar señalado en el caserío para aquel linaje de solaces legítimos y de siempre consentidos por los moralistas más estrictos.

El advenimiento de la República es uno de los temas recurrentes, no sólo en este libro sino que es un momento que Pavón evocó a lo largo de su obra en otros libros -él, republicano liberal toda su vida- lo que podemos conocer de primera mano en el relato de este testigo que -en sus palabras- «nunca sintió la necesidad de transmitir sus arrechuchos o alegrías» ni mucho menos el relato histórico, sino que se debe más bien a «una cierta hipersensibilidad que desde mis primeros años me hizo más proclive a la callada observación”.

Dos días después de la proclamación de la República se reanudaron las clases en el «Gran Colegio de la Reina Madre», primaria y bachillerato. Por si acaso, las órdenes emitidas por los dos grandes jefes, Eugenio y Manolo, eran terminantes: «Entraremos todos a la vez. Nos reuniremos en la esquina del Casino de la Iberia». (…) Don Bartolomé apareció con el abrigo azul manchado y el ABC bajo el brazo. Se puso ante nosotros como para echarnos una arenga. Instintivamente todos nos colocamos tras los dos grandes jefes.

Podemos leer el relato del entierro de «El Ciego», propietario de uno de los burdeles del pueblo, como un ejemplo de costumbrismo, si queremos, o podemos encontrar en el mismo la veta de solidaridad que nuestro autor, desde muy chico, sintió por los difuntos y por los practicantes de los gozos de la carne, y sobre la incógnita de la muerte dejó pensado y dicho tanto en sus libros como lo que nos cuenta sobre los calentamientos generativos. En una conferencia en 1976 decía “hay en mi literatura dos temas bastante reiterados, que casi siempre acusan los críticos con varia orquestación: la muerte y el sexo, binomio este que sí estoy seguro me llegó por la guita umbilical del terruño. EI muerterismo de estos pueblos no es terrorífico sino de amena resignación ascética, y en cuanto al sexo, siempre ha sido rodal apetecido para hacer comparanzas y provocarse los mayores regustos verbales e imaginativos.”

La puerta de la casa estaba abierta de par en par. Y en el patio, donde se alternaba en verano, bullían todas las mujeres del gremio de la ingle que en el pueblo había. Pintarrajeadas y con velillos partidos en la cabeza, más bien trozos de mantilla o de algún velo grande de viuda, ya que, a buen seguro, en el colegio de la fornicación de Tomelloso no debía haber velos suficientes. A pesar de que querían ponerse serias, por la gravedad de la ocasión, se les vertían risillas y gritos, y no daban paz a las posaderas sobre las sillas. Se rebullían sus cuerpos vestidos de vivos colores, en la cálida tarde primaveral soltaban un tufo de polvos, colonias gruesas y vino agriado, que trascendía a la calle. Sus caras eran flores de trapo con ojos turbios y bocas rotas. Ojos mal dormidos, desacostumbrados a la luz del sol.

Si de comparaciones se trata hay, ya lo he dicho, opiniones que encuentran en estas páginas un «manchego proustiano» (Francisco Umbral) por “el tono evocador que responde al afán de recuperar el tiempo perdido” (Francisco Yundurain); y también he oído decir que se trata de un caso precoz de «autoficción» -el autor se sitúa en el centro, o de lado, en una acción que en realidad conoce de segunda mano, en la que no participó, o que fue de una manera distinta, pero nos la cuenta como si la hubiera protagonizado. Estas autoficciones las encontraremos en sus libros «Cuentos de mamá» (1952), «Los liberales» (1965) o «Los nacionales» (1977), que me parecen lo mejor de su obra junto con los «Cuentos republicanos» (1961).

De García Pavón encontrarás en nuestra biblioteca unos cuantos de sus libros, incluyendo los relatos que digo, así como algunos de los que le dieron mayor popularidad, los protagonizados por el detective Plinio, y alguna de las antologías de relatos de sus contemporáneos y de teatro, sobre el que escribía como catedrático de Literatura Dramática en Madrid.

Honorio Penadés

«La vida termina y al mismo tiempo sigue»: Theodor Kallifatides, Otra vida por vivir

Literatura, lengua, emigración, identidad y paso del tiempo. Estas palabras pueden sintetizar en parte el conjunto de reflexiones de Theodor Kallifatides en su libro Otra vida por vivir, el primero que después de cincuenta años ha escrito en su lengua materna este autor griego afincado en Suecia desde 1964. Ha desarrollado casi toda su carrera literaria en sueco con más de cuarenta obras de ficción, ensayo y poesía, y también ha traducido a prestigiosos autores.

Otra vida por vivir parte de una época de agotamiento personal tras concluir su última novela, desalentado por un mundo cambiante e insolidario, y por la dura crisis que vivía Grecia en 2015. Una vez vendido el estudio que utilizó como lugar de trabajo durante años, y vacío de energía para abordar una nueva obra, viaja a su pueblo de Molaoi, en el Peloponeso, invitado por la escuela de enseñanza secundaria que iba a llevar su nombre. Allí le esperaría una bella sorpresa a cargo de los estudiantes y a la vez el reencuentro con la lengua griega como vehículo para la escritura y la conexión emocional con sus raíces:

A mis veinticinco años, cuando me pregunté cómo viviría mi vida, la respuesta fue «yéndome». A los setenta y siete la pregunta volvió. ¿Cómo viviría la vida que me quedaba? Y la respuesta era, cada vez con más frecuencia, «volviendo».

Theodor Kallifatides ha venido estos días a España con motivo del Hay Festival 2019 de Segovia. Allí ha conversado con la traductora, escritora y periodista Monika Zgustova para hablar sobre su experiencia como emigrante y lo que supuso su inmersión en una cultura que solo con el tiempo ha llegado a entender. Contó cómo decidió abandonar las clases convencionales y aprender sueco leyendo a Strindberg con la ayuda de un diccionario, un proceso diferente, que le permitió apreciar este idioma en toda su belleza.

Él salió de Grecia unos años después de la guerra civil, cuando la emigración era la solución a la pobreza y a los conflictos políticos, como lo ha sido siempre a lo largo de la historia y continúa siéndolo hoy; forma parte incluso de la tradición de países como Italia o Grecia. Su tierra ha acogido a miles de desplazados y las islas, a pesar de su propia situación, han hecho más que nadie por los refugiados. Recordó que su propio padre fue uno de ellos cuando se expulsó a la población griega del territorio otomano.

Habló de Suecia como su gran solución, un país seguro y amable, donde ha conseguido un gran éxito como escritor y al que llegó con la determinación de aportar algo. Casi toda su obra la ha escrito en sueco, pero considera que la literatura tiene más que ver con el pensamiento que con la lengua, y que le han influido más los filósofos, Platón o Aristóteles, que los propios escritores.

Sobre la cuestión de la edad y el envejecimiento comentó que no debemos entenderlo como enfermedad. Envejecemos, pero no nos convertimos en idiotas; muchos de los libros más brillantes en la historia de la literatura son creaciones de personas no precisamente jóvenes. 

Cuando ha trasladado al griego sus obras originales en sueco ha tenido que reescribirlas porque se trata de dos mentalidades diferentes, nada es exacto. Pero ese —aseguró— es el destino de la humanidad: intentar entendernos.

Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg, 2019) se encuentra en la colección de las bibliotecas de la Universidad. Se publicarán próximamente traducciones al castellano de otras obras de T. Kallifatides.

V. Maldonado