Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley

Comenzaré con una confesión: no había leído Frankenstein hasta ahora. Conocía el personaje, como todo el mundo, y conocía la historia, como todo el mundo, más por adaptaciones y películas;  contaba con un argumento ya conocido y archisabido porque el monstruo de Frankenstein es uno de esos personajes de ficción que superan la obra literaria y se convierten en mito.  Me resultaba muy interesante la vida de Mary W. Shelley pero no tanto su obra,  sino que mi interés derivaba del que sentía por el personaje de su madre Mary Wollstonecraft, retratado con maestría por Virginia Woolf en The Common Reader, Second Series. Muy literario todo.

Traté, a pesar de ello,  de afrontar la lectura de la novela lo más desprejuiciadamente posible. Buscando una novela de misterio, o de fantasmas, o de género gótico, me encontré con un relato romántico -en el sentido más auténtico de Romanticismo- al mismo tiempo ágil e interesante por su acción, lleno de personajes apasionados y atormentados, como cargado de referencias literarias y filosóficas. “No estarías leyendo tan libre de prejuicios cuando enseguida encontraste esas referencias”, me dirán, y es cierto que cuesta no acordarse de Sherezade cuando lee uno este comienzo de relato: “Dispóngase a escuchar sucesos que normalmente se tienen por maravillosos…” o que el lector que espera encontrarse con el balbuceante monstruo al que nos acostumbró el cine no se asombre y acuda a consultar su biblioteca cuando ese mismo monstruo, con palabras inusitadamente elegantes y retóricas relata el aprendizaje que obtuvo tras la lectura de tres libros capitales: las Vidas Paralelas, de Plutarco; Las penas del joven Werther, de Goethe; y el Paraíso perdido, de Milton. Encontrados en una maleta abandonada en el bosque. Muy literario, de nuevo.

Y además la novela no es un relato lineal, sino un relato con estructura de cajas chinas: se abre con las cartas que un viajero llamado Walton envía a su hermana Margaret en Londres, cartas en las que relata el encuentro, cerca del Polo Norte, con un náufrago que a su vez le cuenta al viajero la historia de su vida en Suiza hasta el momento en que sabemos que el naufrago es Víctor Frankenstein, el hombre que da vida a un ser creado por él mismo, historia en la que a mitad del libro aparece ‘la criatura’ que con un dominio inesperado de la retórica relata su propia historia desde el descubrimiento de sí mismo como nuevo ser y su proceso de aprendizaje hasta la generación de su profundo odio, relato que a su vez contiene un nuevo relato sobre la historia de una familia con la que la criatura convive extrañamente en las montañas…

De este modo se expresa la criatura hablando con su creador: “Estoy tratando de razonar. Esta pasión es perjudicial para mí, ya que no te das cuenta de que eres tú la causa de su exceso. Si algún ser sintiese alguna benevolencia hacia mí, yo le devolvería cien, y aun esas cien centuplicadas; ¡pues por esa criatura haría yo las paces con toda la humanidad! Pero hablo de sueños de dicha que no se pueden realizar”.

Y más tarde: “Podrás aplastar mis otras pasiones, pero me queda aún la venganza… ¡la venganza, en adelante, será para mí más querida que la luz y el alimento! Puede que yo muera; pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tu miseria. Ten cuidado; porque soy atrevido, y por tanto poderoso. Vigilaré con la astucia de una serpiente, a fin de morder con su veneno. Te arrepentirás de las injurias que me infliges”.

Ya cerca del desenlace final se nos recuerda que estamos escuchando un relato oral que el propio Victor Frankenstein hace a un aventurero que lo transcribe: “La mía es una historia hecha de horrores; he llegado a su punto culminante, y lo que ahora voy a contarle no puede sino resultar tedioso para usted. Sepa que, uno por uno, el demonio me fue arrebatando a todos mis seres queridos. Me quedé solo. Pero mis fuerzas están exhaustas y debo terminar, en pocas palabras, este espantoso relato”.

Cerrando el círculo, cerrando una a una las cajas chinas del relato, Walton el aventurero cuenta por carta a su hermana: Has leído esta historia extraña y terrible, Margaret; ¿no sientes que la sangre se te hiela de horror, como aún se me hiela a mí?”


Hace ahora 200 años, en enero de 1818, una jovencísima Mary Shelley vio salir de la imprenta por primera vez el relato que comenzó a escribir ‘un día terrible’ tras conocer el suicidio de su hermanastra Fanny, mientras pasaba una estancia en Suiza junto a su marido Percy B. Shelley, Lord Byron, y  John Polidori, escritores los tres, durante el año que no tuvo verano (1816) como se relata -¡de nuevo de modo muy literario!- en la película de Gonzalo Suárez “Remando al viento” de 1988.

Vaya aquí, tras la confesión inicial, mi respeto por este “libro de libros”.

Honorio Penadés

 

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