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Cuentos republicanos, de Francisco García Pavón

El imaginero que nos creó la infancia nunca se borra, y todavía, de cuando en cuando, nos revela un rincón, un escorzo, una sonrisa, un sueño o un lamento, sumergidos durante tantos años en la bodega de nuestros sentires y recuerdos.” (Cuentos de mamá)

Francisco García Pavón, que nació hace ahora cien años, es un autor clave en la historia del relato (o cuento, como él decía) en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Y con motivo del centenario, además de una edición de sus obras completas, se están repitiendo en los actos de homenaje al autor que se celebran en distintas instituciones de Madrid y su localidad natal, Tomelloso. Con frecuencia en estos actos, como en los amplios reportajes que le dedica la prensa, se cae en la lamentación («¡ya nadie se acuerda de Pavón!») o en el reproche («¿por qué ya no leemos a Pavón?») y yo no quiero caer ni en una ni en otro.

Los «Cuentos republicanos» que nuestro autor publicó en 1961 forman parte de un repertorio de libros que, entre el formato de colección de relatos encadenados o de novela desestructurada, reflejan las vivencias («vividuras» decía Pavón) del autor en su infancia, adolescencia y juventud, que coinciden con tres etapas históricas que quedan reflejadas: Monarquía, República y Guerra Civil. Los Cuentos republicanos, contrariamente a lo que parece indicar su nombre, lo que cuentan es el momento previo, inmediato, a la llegada de la República en 1931, y lo cuentan desde la óptica del niño que se hace mayor y con un lenguaje que a mí se me antoja delicioso, evocador, como en este fragmento en que con aires proustianos recuerda la luz de una habitación:

Todo tenía allí cara de tarde intemporal, de tarde sin reloj, de sueño de sueños. Conversaciones antiguas que uno no recordaba en la calle o en otras habitaciones meridianas, allí tornaban a la memoria suavemente. Las risas y los perfiles de otras gentes que fueron, que fundaron la casa, que sintieron amores ya transportados en los lomos aristados de la muerte, se evocaban con facilidad en aquel gabinete granado.

Lo de proustiano se ha dicho muchas veces sobre Pavón, y por ahí van los tiros, creo yo.  Que uno no acude a sus obras para entender cómo era la vida privada en un pueblo manchego en los años 30, qué trastadas hacían los chavales entonces al salir de la escuela, la impresión de la compra del primer automóvil de la familia o cuánto quería el autor a su abuelo carpintero, sino para saborear -con todos los sentidos, porque olores y tactos abundan en sus evocaciones- las impresiones de un niño que comienza a hacerse joven casi a la fuerza y acompañar sus miedos, sorpresas y descubrimientos.

Vimos, debajo de nosotros, una mozona en cuclillas, con las nalgas al aire y la cara casi entre las rodillas. En su natural empeño, sacaba mucho la quijada de abajo o quijada maestra. El aire le alborotaba los pelazos negros del moño. Parecía, por lo inquieta, que le hubiera cogido en aquel lugar la precisión de tan fuerte manera, que no tuvo tiempo de llegarse hasta la corraliza donde moraban los patos, lugar señalado en el caserío para aquel linaje de solaces legítimos y de siempre consentidos por los moralistas más estrictos.

El advenimiento de la República es uno de los temas recurrentes, no sólo en este libro sino que es un momento que Pavón evocó a lo largo de su obra en otros libros -él, republicano liberal toda su vida- lo que podemos conocer de primera mano en el relato de este testigo que -en sus palabras- «nunca sintió la necesidad de transmitir sus arrechuchos o alegrías» ni mucho menos el relato histórico, sino que se debe más bien a «una cierta hipersensibilidad que desde mis primeros años me hizo más proclive a la callada observación”.

Dos días después de la proclamación de la República se reanudaron las clases en el «Gran Colegio de la Reina Madre», primaria y bachillerato. Por si acaso, las órdenes emitidas por los dos grandes jefes, Eugenio y Manolo, eran terminantes: «Entraremos todos a la vez. Nos reuniremos en la esquina del Casino de la Iberia». (…) Don Bartolomé apareció con el abrigo azul manchado y el ABC bajo el brazo. Se puso ante nosotros como para echarnos una arenga. Instintivamente todos nos colocamos tras los dos grandes jefes.

Podemos leer el relato del entierro de «El Ciego», propietario de uno de los burdeles del pueblo, como un ejemplo de costumbrismo, si queremos, o podemos encontrar en el mismo la veta de solidaridad que nuestro autor, desde muy chico, sintió por los difuntos y por los practicantes de los gozos de la carne, y sobre la incógnita de la muerte dejó pensado y dicho tanto en sus libros como lo que nos cuenta sobre los calentamientos generativos. En una conferencia en 1976 decía “hay en mi literatura dos temas bastante reiterados, que casi siempre acusan los críticos con varia orquestación: la muerte y el sexo, binomio este que sí estoy seguro me llegó por la guita umbilical del terruño. EI muerterismo de estos pueblos no es terrorífico sino de amena resignación ascética, y en cuanto al sexo, siempre ha sido rodal apetecido para hacer comparanzas y provocarse los mayores regustos verbales e imaginativos.”

La puerta de la casa estaba abierta de par en par. Y en el patio, donde se alternaba en verano, bullían todas las mujeres del gremio de la ingle que en el pueblo había. Pintarrajeadas y con velillos partidos en la cabeza, más bien trozos de mantilla o de algún velo grande de viuda, ya que, a buen seguro, en el colegio de la fornicación de Tomelloso no debía haber velos suficientes. A pesar de que querían ponerse serias, por la gravedad de la ocasión, se les vertían risillas y gritos, y no daban paz a las posaderas sobre las sillas. Se rebullían sus cuerpos vestidos de vivos colores, en la cálida tarde primaveral soltaban un tufo de polvos, colonias gruesas y vino agriado, que trascendía a la calle. Sus caras eran flores de trapo con ojos turbios y bocas rotas. Ojos mal dormidos, desacostumbrados a la luz del sol.

Si de comparaciones se trata hay, ya lo he dicho, opiniones que encuentran en estas páginas un «manchego proustiano» (Francisco Umbral) por “el tono evocador que responde al afán de recuperar el tiempo perdido” (Francisco Yundurain); y también he oído decir que se trata de un caso precoz de «autoficción» -el autor se sitúa en el centro, o de lado, en una acción que en realidad conoce de segunda mano, en la que no participó, o que fue de una manera distinta, pero nos la cuenta como si la hubiera protagonizado. Estas autoficciones las encontraremos en sus libros «Cuentos de mamá» (1952), «Los liberales» (1965) o «Los nacionales» (1977), que me parecen lo mejor de su obra junto con los «Cuentos republicanos» (1961).

De García Pavón encontrarás en nuestra biblioteca unos cuantos de sus libros, incluyendo los relatos que digo, así como algunos de los que le dieron mayor popularidad, los protagonizados por el detective Plinio, y alguna de las antologías de relatos de sus contemporáneos y de teatro, sobre el que escribía como catedrático de Literatura Dramática en Madrid.

Honorio Penadés

Utopía y feminismo en los cuentos de Charlotte Perkins Gilman: Si yo fuera un hombre

Es difícil imaginar si las hermanas Beecher habrían podido intuir la actualidad que mantiene, más de un siglo después, la obra de su sobrina Charlotte. Catherine Beecher, maestra y feminista; Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom, que participó activamente en el movimiento antiesclavista y más tarde en el sufragista; e Isabella Beecher Hooker, escritora y fundadora de la asociación de mujeres sufragistas de Nueva Inglaterra. Lo cierto es que la convivencia con estas mujeres de vida y pensamiento avanzados debió influir poderosamente en los intereses, formación y desarrollo intelectual de Charlotte Perkins Gilman (1860-1935).

Si yo fuera un hombre (Uve Books, 2018) recoge una selección de cuentos que incluye Como una bruja, Lo inesperado, Si yo fuera un hombre, La cabañita, La fuga, Ese extraño tesoro, Abandonado, Exiliada y El papel amarillo (The Yellow Wallpaper, El papel pintado amarillo en otras traducciones).

El prólogo de María Ángeles Naval en la edición de Contraseña (2012) de El papel pintado amarillo describe a Charlotte Perkins como una de las más destacadas feministas americanas de finales del siglo XIX y principios del XX. Es autora de ensayos, novelas, obras de teatro, poesía y unos doscientos relatos cortos, además de numerosos artículos de prensa. Asociada a diferentes organizaciones, conferenciante, directora de la revista The Forerunner (1909-1916) y teórica social, sus escritos abordan contenidos relacionados con la reforma social, utopía y feminismo.

En 1898 apareció uno de sus ensayos más destacados, Mujeres y Economía, traducido a varios idiomas, que la hizo conocida a nivel internacional. En él aborda el tema de la independencia económica de la mujer como motor de progreso y trata aspectos que se mantienen en discusión dentro de los feminismos contemporáneos. En 1915 publicó la novela de contenido utópico Herland. Mary Beard, en su libro Mujeres y poder, se sirve en parte de esta obra y de su secuela (With Her in Ourland) para explicar algunos de sus puntos de vista sobre cómo ellas actúan, son percibidas o se perciben en espacios habitualmente interpretados como masculinos.

 

Si yo fuera un hombre muestra a una serie de protagonistas enfrentadas a situaciones críticas, en momentos fundamentales, en los que va a cambiar radicalmente el rumbo de sus vidas. Las dibuja destacando su cualificación (profesionales, creadoras, o con un potencial creativo latente), su capacidad para establecer alianzas constructivas entre ellas y romper con la dependencia económica y emocional respecto a sus familias o a sus compañeros. Además, con una mayor o menor cantidad de humor, cuestiona los roles de género y las convenciones sociales en las que ellos también se ven atrapados.

Cuando aparece The Yellow Wallpaper se interrumpe el acento divertido y el tono habitual en las historias que le preceden. Con parte de elementos autobiográficos, narra el testimonio de una mujer confinada en una habitación, intentando superar una crisis nerviosa, a la que su marido médico pretende sanar a base de aislamiento e inactividad física e intelectual, un tratamiento frecuente en la época. La acción se desarrolla en torno a dos polos enfrentados: en un extremo la ciencia, la racionalidad, simbolizada por el marido y por la familia; en el otro la enfermedad, la locura, que son los atributos de la mujer. A este planteamiento inicial se van sumando elementos cada vez más fantásticos y angustiosos a medida que la enfermedad se agrava. Sobre las consecuencias negativas de una terapia de este tipo alerta la propia autora en el artículo Por qué escribí El papel amarillo, donde además explica las reacciones de algunos médicos de la época después de haberlo leído y también cuál fue la del neurólogo que la había tratado.

Existe una abundante bibliografía sobre la obra de Charlotte Perkins y sobre este relato de 1892, el más conocido de la autora. Sylvia Lenaers lo estudia en su artículo De emparedadas a empapeladas (revista Herejía y Belleza, n. 5, julio 2017), colocándolo en el contexto de los casos de aislamiento de mujeres que, a lo largo de la historia, ha sido unas veces cárcel y otras libertad cuando era elegido y las permitía protegerse de un entorno adverso.

Acompañan al texto en Si yo fuera un hombre ilustraciones de Coles Phillips (Estados Unidos, 1880-1927), conocido por sus trabajos en prensa (Life, The Saturday Evening Post) y publicidad. El blog de arte El ojo en el cielo dedica un interesante artículo a este ilustrador. Sus creaciones fueron innovadoras y están dotadas de una gran fuerza y belleza. Esta publicación de Uve Books aúna, en definitiva, textos e imágenes en sintonía para mostrarnos un mundo que se encontraba en pleno cambio.

La obra de Charlotte Perkins se reivindica hoy no sólo como parte de la teoría feminista, sino además con el propósito de situarla dentro de una teoría social general, con un lugar propio dentro del canon sociológico consensuado. También su obra de ficción se sigue reeditando y The Yellow Wallpaper es ya un clásico. La Biblioteca Pública de Nueva York ha elegido este relato para formar parte de su proyecto Insta Novels, con el que ha conseguido acercarse a miles de seguidores jóvenes, ofreciendo obras en formato de video a través de la red social Instagram.

V. Maldonado

Grace Paley, una activista contadora de historias

Manya Rydnyik y su marido, Isaac Gutzeit, llegaron a Estados Unidos desde Rusia en 1906. Isaac había pasado un tiempo de condena en Siberia como preso político socialista bajo el régimen del zar, época en la que Manya vivió exiliada en Alemania. Cuando se instalaron en el Bronx, acompañaban a  este matrimonio judío una de las hermanas de Isaac y su madre, a quien la familia llamaba “Babushka”.

Isaac y Manya tuvieron dos hijas y un hijo en Estados Unidos. Grace, la más pequeña, nació en 1922. Crecieron en el ambiente neoyorquino, con el contraste de sonidos del inglés, ruso y yiddish, y en un mundo familiar marcadamente político. Babushka les hablaba a veces de las cenas y las discusiones en su casa de Uzovka, en Rusia, a principios del siglo XX, en una época de profunda agitación social. Todos sus hijos habían militado: Isaac era socialista; Grisha, anarquista; Luba, sionista; Mira, comunista; y a Rusya lo mataron con diecisiete años, mientras portaba la bandera roja de la clase obrera.

Grace fue una activista particularmente implicada, comprometida con las acciones de protesta vecinal en Greenwich Village,  con el movimiento antibelicista que nació durante la guerra de Vietnam, las movilizaciones antinucleares, y la segunda ola del feminismo en los años setenta y ochenta. Además, madre, ama de casa, empleada en diversos trabajos temporales, y más tarde profesora de creación literaria, poeta y escritora de relatos. Impartió cursos y seminarios en diferentes centros académicos y universidades norteamericanas.

Primero fue Grace Goodside, su padre había adaptado el apellido Gutzeit. Después mantuvo el de su primer marido, Jess; publicó y fue conocida como Grace Paley. Ella misma describe su inicio en la escritura de relatos como “un golpe de suerte”: hacia 1954, una breve enfermedad le regaló algo de tiempo libre, del que nació su primer cuento, Adiós y buena suerte, al que seguirían muchos otros. El siguiente paso vino de la mano de Ken McCormick, editor de Doubleday, y padre de unos amigos de sus hijos. McCormick leyó los relatos de Grace y le pidió algunos más para publicarlos.

Sus cuentos se  recogieron en tres colecciones: Batallas de amor (1959), Enormes cambios en el último minuto (1974) y Más tarde, el mismo día (1985). En 1994 aparecieron recopilados en un volumen de Cuentos completos, que publicó en España Anagrama en 2005. Recibió diferentes premios y fue finalista del National Book Award y del Premio Pulitzer.

El ambiente de la ciudad y la vida cotidiana son el marco en el que se desarrollan los cuentos, con un contenido centrado sobre todo en las relaciones familiares y de pareja, y los aspectos sociales y políticos con los que se vinculan. Encontramos en ellos pocos elementos descriptivos de objetos o espacios. Los argumentos se construyen sobre todo con diálogos cargados de una ironía brillante, que fluyen con rapidez, dando paso a diferentes voces y escenarios. Algunos personajes aparecen en un relato, y más tarde reaparecen en otro, para enseñarnos un matiz nuevo o una cara diferente de la historia. Todo ello bajo su especial mirada, con una suma de humor y crítica precisa cuando se muestran en escena la insolidaridad, el abandono, el menosprecio o la crueldad.

Su visión acerca de la política y la literatura, y muchos de los recuerdos mencionados sobre su vida y la de su familia, aparecen descritos en la colección de artículos que tituló Just as I thought. La importancia de no entenderlo todo es el título de la traducción al castellano que editó Círculo de Tiza en 2016 y prologó Elvira Lindo.

También permanecen muchas imágenes de ella: se puede ver la pequeña figura de Grace en fotografías de manifestaciones, concentraciones y marchas, mostrando carteles y pancartas en las calles, en Wall Street, ante el Pentágono y el almacén del ejército de Estados Unidos en Seneca, y detenida por la policía durante diferentes acciones de protesta. Tenía 84 años cuando murió en 2007. Un artículo en la revista The New Yorker cuenta cómo, todavía unos meses antes, había viajado a Burlington, en el Estado de Vermont, para protestar por el apoyo de su senador a la guerra contra Irak.

Editorial Anagrama. Fotografía © gentl & hyers / edgereps.com

Para terminar con un poco de humor, un fragmento del relato titulado Deseos:

“Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.
Hola mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.
Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.
Y yo, bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.
La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años.
(…)
Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales”.

Según cuenta The New Yorker, el FBI mantuvo abierto el expediente de Grace Paley durante treinta años.

V. Maldonado