Alejandra Pizarnik: Niña eterna de infancia asesinada

No soy gran lector de poesía, menos aún de aquella que se aleja de los cánones que en su momento me enseñaron en el colegio, no entiendo la estructura de esos poemas en los que las sílabas no se ajustan al ritmo, a la métrica o a la rima, tampoco los caligramas que tan de moda puso Apollinaire en las primeras décadas del siglo pasado ni a los vanguardistas europeos que convertían cualquier puñado de palabras en un himno dadá cual si de una sopa de letras se tratara. No poseo, lo sé, la conciencia poética necesaria para ser medianamente sensible a ella al menos en su forma más actual.

Desde mi punto de vista, se necesita una gran sensibilidad y conocimiento del género para atreverse con el método propuesto por Tristan Tzara para hacer un poema dadaísta:

Coja un periódico
Coja unas tijeras
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema
Recorte el artículo
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa
Agítela suavemente
Ahora saque cada recorte uno tras otro
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa
El poema se parecerá a usted
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendido del vulgo.

 Bien es cierto que un poema no tiene porqué ceñirse a las tiranías del metro o de la rima pero me cuesta entender la falta de ritmo y, sobre todo, el concepto que se quiere transmitir. Será que mi mente, ya añeja, no está acostumbrada a leerlos y no procesa correctamente tales formas de expresión. Admiro muchas de las obras de Lorca, Dalí y Buñuel pero no comprendo sus juegos de ingenio con los anaglifos inventados por Pepín Bello y que tanto les divertían: cuatro versos, los dos primeros un sustantivo repetido, el tercero obligatoriamente “la gallina”  el cuarto un sustantivo o una frase que no tenga nada que ver con los anteriores:

La tonta
La tonta
La gallina
Y por ahí debe andar alguna mosca

Aunque luego los niños se diviertan y aprendan en sus clases con estas cosas:

Imagen tomada del Blog “Aulas de Básica. Taller de animación a la lectura y escritura creativas” CEE Emerita Augusta.

Los ejemplos de aquel colegio de mi infancia se referían a grandes poetas “clásicos” cuyas obras estudiábamos e incluso memorizábamos para recitarlas (por llamarlo de alguna manera) ante nuestros compañeros desde lo alto de la tarima del encerado. Todavía recuerdo la intensidad de Espronceda:

Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín;

La melancolía de Antonio Machado:

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

O el misticismo extremo de Santa Teresa:

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

Y tantos otros que eran ejemplos de la enorme variedad de estrofas y tipos de poemas según fuera el número y la rima de sus versos: cuartetos, serventesios, redondillas, sonetos con sus 14 versos o romances con 8 sílabas por verso…

Sin embargo, a pesar de lo hasta aquí expuesto, me dispongo a reseñar en este blog a una de esas poetas de las que con seguridad nunca hubiera leído su obra completa de no haber llegado a ella a través de un breve libro en prosa que me llamó la atención por su título, de sobra conocido para mí aunque no en esta autora: hablo de Alejandra Pizarnik y de su obra La condesa sangrienta publicada en la revista mexicana Diálogos en 1965 y un año después en la revista Testigo de Buenos Aires.

¿Por qué llamó mi atención este título? Como aficionado a la Literatura fantástica escribí hace algún tiempo una entrada en este mismo blog que se puede leer aquí. En ese artículo cito una fantástica colección de libros publicada por Siruela a la cual pertenecía uno que en su momento leí con entusiasmo, me refiero a, precisamente, La condesa sangrienta de Valentine Penrose (1898-1978), autora y título que sirven de base al referido de Pizarnik, una  mezcla entre narrativa y ensayo sobre la original que ha hecho pensar a muchos seguidores que ahí  demuestra claramente su obsesión con la muerte y la locura tan características en su intensa pero corta vida como veremos. Este librito (56 páginas en la versión ilustrada que he manejado), “vasto poema en prosa” como ella lo define, me hizo adentrarme en la biografía de su autora, buscar datos e incluso leer su poesía que, en contra de lo esperado, tal como explico más arriba, me atrajo lo suficiente como para atreverme con ella.

Y no me defraudó la forma de escribir poesía de Alejandra. Dueña de un estilo personal que fascinó a grandes escritores de la época quienes le ofrecieron ayuda, amistad y apoyo. Sus poemas son capaces de espantar a los lectores atentos y sensibles o al menos provocarles un estremecimiento interior producto de un lenguaje y una escritura que parecen nacidos de un alma oscura sacudida por fantasmas origen de su trágica leyenda, de su vida rayando con la locura y la depresión y de su dramática muerte.

Elías Pizarnik, con 27 años y Rezla Bromiker con 26, sus padres,  llegan a Avellaneda, distrito del Gran Buenos Aires, procedentes de la ciudad ruso polaca de Rovne, huyendo de los turbulentos sucesos que sacudían la Europa convulsa de la época, del Holocausto y del negro futuro que por entonces cabía esperar para personas de raigambre ruso judía como la suya. Gracias a la profesión del padre, joyero,  pueden instalarse en una amplia vivienda en la que nacería primero Myriam, en 1934 y Alejandra después, en abril de 1936.

Ya su niñez anuncia lo que sería la adolescencia y aun la vida adulta.

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana.
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos.

Su primera formación, hacia 1940, la recibe en dos diferentes escuelas, una normal y otra hebraica en la que aprende a leer y escribir en yiddish, su temprano acento extranjero (sus padres no hablaban español) suscita las burlas de sus compañeras de infancia con la consiguiente dificultad para integrarse. Los nervios cuando tiene que hablar la hacían tartamudear provocándole como efecto secundario un carácter retraído, tímido. Además desde muy niña sufre de celos hacia su hermana mayor, a la que su madre considera la hija ideal “esa Myriam delgada y bonita, rubia y perfecta según el ideal materno, que todo lo hacía bien y no tartamudeaba ni tenía asma ni montaba líos en el colegio” (1). Probablemente todos estos elementos contribuyeron a que más tarde se considerara a sí misma como una niña monstruo, apelativo con el que se referiría años después (1972) a Janis Joplin en el poema  homónimo que dedicó a la cantante norteamericana:

hiciste bien en morir.
por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo.

La difícil edad adolescente lo fue más en Alejandra, sus complejos y su carácter rebelde y depresivo se exacerban a cada paso, sufre de acné y tartamudea, es de pequeño tamaño, apenas metro y medio; su pelo cortado a estilo chico y su forma andrógina de vestir la convierten en la chica rara que nunca dejaría de ser. Se sabe diferente y persigue conseguir que a través del lenguaje salgan sus obsesiones y sus temas predilectos de pensamiento y de sentimiento: la soledad, el dolor, la angustia y la muerte. De estos años datan sus primeros poemas, para ella poesía y lenguaje le sirven como un escondite en el que ocultarse.

            “voy a ocultarme en el lenguaje”

Entre 1949 y 1953 permanece en la escuela secundaria. Sus cambios físicos y de carácter van tomando forma. Duda sobre qué hacer con su vida ahora que está entrando en la etapa juvenil de su existencia cuando la mayoría de sus compañeras y amigas tienen al menos una idea aproximada de cómo serán los siguientes años; duda entre estudiar Filosofía o entrar en la Escuela de Periodismo. Duda sobre el amor, tiene grandes deseos de amar y esta duda la considera como una desgracia más entre todas las que tiene porque  teme que si llega el amor desorganice su vida obligándola a elegir entre amar o continuar con su obsesión lectora y ya creadora. Elabora una lista de mujeres solitarias que optaron por su carrera y se fija, obsesivamente también, en como Kafka, a quien admira y mantiene sus Diarios como libro de cabecera profusamente subrayado, solo fue fiel a su obra.

“… afirmo que haber nacido mujer es una desgracia, como lo es ser judío, ser pobre, ser negro, ser homosexual, ser poeta, ser argentino… Claro es que lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias”.

Pero es joven y su adolescencia es exigente, las fantasías, sentimientos, deseos y emociones afloran, también la duda sobre qué actitud tomar, una más, que la hará sufrir. Durante parte de su vida alterna su sexualidad entre hombres y mujeres, en los últimos años será totalmente lésbica. Conviene tener presente como era la Argentina en aquellos años de peronismo en los que socialmente se consideraba la homosexualidad como una enfermedad mental cuyo tratamiento entra en el ámbito de la psiquiatría. Y ella, Alejandra Pizarnik, cosa que se ha sabido muchos años después de su muerte, era lesbiana aunque nunca lo confesó públicamente, le horrorizaba la palabra homosexual: “Pero pasa que me asusta la palabra “homosexual”. Prejuicios viejos en mi vida joven”, dejó escrito en sus diarios (la edición póstuma de los mismos se hizo bajo la supervisión de su hermana Myriam Pizarnik, quien exigió que se hiciera una selección evitando referencias a la vida privada de la escritora). En ellos refleja algunos de estos amores a los que se refiere intentando ocultar la identidad de sus amantes bien por sus iniciales: D. o M. o bien cambiándole de sexo pasando de “fille L.” en una primera redacción  a “garçon B” en la definitiva.

En 1954 decide su ingreso en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires aunque la decepción no tarda en llegar y abandona. Entre 1955 y 1957 lo intenta con la carrera de Letras que tampoco termina y finalmente se decide a probar en la Escuela de Periodismo atraída por las clases que imparte Juan Jacobo Bajarlía, catedrático y erudito introductor del vanguardismo en Argentina además de abogado, traductor, poeta, novelista y ensayista del que posiblemente se enamoró infructuosamente. Tal bagaje atraía poderosamente la atención de Alejandra, ávida lectora abierta a todo conocimiento literario que amplió a André Guide, Joyce, Breton, Proust, Kierkegaard y en general los escritores surrealistas que Bajarlía puso a su alcance y a los que con tan solo 19 años ya traduce, es el caso de Paul Eluard y de André Breton; además publica su primer libro: La tierra más ajena. Buenos Aires, 1955.

Fueron años felices de conocimiento y aprendizaje de grandes autores, de tertulias bajo el precioso techo vidriado del café Tortoni o en el London City recién inaugurado en ese año y que sería el preferido por Julio Cortázar, o en la cafetería La Biela junto al cementerio de la Recoleta, en una de cuyas actuales mesas Borges y Bioy Casares charlan eternamente de literatura aunque solo sean dos hiperrealistas figuras.

Sus fantasmas de adolescencia no la abandonan, por el contrario, se desarrollan y crecen alimentados por la baja autoestima que se profesa. La tendencia a engordar la llevan al abuso de anfetaminas como remedio para disminuir su apetito y perder peso al mismo tiempo que la mantienen despierta y aficionada a la noche, “fanatismo por la noche como vida y la luz como negación de la misma” (2). Se aficiona a los barbitúricos y es una fumadora empedernida desde hace tiempo, no es raro verla con un cigarrillo entre los dedos como complemento a un desaliño en el vestir que se acerca a lo estrafalario. Como contrapunto su obsesión por la lectura, a escribir y al dominio del lenguaje que utiliza con descarnada fuerza buscando la originalidad con vehemencia; sus lecturas la hacen pensar que ya todo está escrito y que ha llegado tarde al “banquete de la cultura universal” por lo que la única manera de trascender el lenguaje, de crear su propia obra, es imponerse una férrea disciplina de estudio y lectura que le permita encontrar las palabras justas para expresar sus sentimientos:

 “¡He de tapar el fracaso de mi vida con la belleza de mi obra!”.

Ante la avalancha de problemas que acumula siente la necesidad de ayuda profesional. Se pone en manos de León Ostrov, eminente psicoanalista, profesor de Psicología experimental en la Universidad de Buenos Aires además de poeta y humanista al que  deberá la superación de su tartamudez y la timidez enfermiza que hasta entonces le eran propias aunque no por ello dejó a lo largo de su vida de pasar por distintos centros psiquiátricos y de atravesar períodos de profunda depresión. Con él mantendría una relación de amistad durante años, dedicándole su segunda obra La última inocencia en 1956. En una entrevista periodística datada en 1983 el psicoanalista, comentando su profunda relación con la poeta dice:

No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí”.

París será su casa entre 1960 y 1964. Conocerá a Julio Cortázar, residente allí desde 1951, con quien establecerá una fructífera relación de amistad hasta el punto de asegurar que la inmortal Maga de Rayuela era ella misma, algo no aclarado que suena pretencioso y pudiera obedecer a un cierto enamoramiento de un escritor ya consagrado. También París le brinda la oportunidad de conocer a Octavio Paz y a Italo Calvino, se pasea por las redacciones de las revistas punteras del mundillo cultural de la época, es asidua a las públicas lecturas de poesía y las conferencias sobre temas de su interés hasta el punto de escribirle a Ostrov, su psicoanalista bonaerense:

“Mi vida aquí va y viene, es la corriente de siempre, esperanza y desesperanza. Ganas de morir y de vivir…No sé si volver o quedarme…”

Fue  feliz sumergida en aquel caos organizado de poesía, surrealismo, poetas malditos y románticos, tanto que su alimento espiritual era el único que parecía necesitar ya que con demasiada frecuencia se olvidaba hasta de su manutención alimenticia. Cortázar y Paz se ocupaban de ella enviándole textos para corregir o pidiéndole colaboraciones para cualquiera de las revistas que se editaban.

“Comienzo a darme cuenta. La economía existe. La política existe. Todo eso existe a causa de que yo no puedo pasarme el día leyendo y haciendo mis poemas. Pero aún me parece tan absurdo, tan irreal que yo tenga que trabajar para vivir. . . “

De la mano de Octavio Paz y de su esposa Elena Garro conocerá a multitud de poetas, pintores y literatos de los ambientes parisinos más sofisticados, su vida social es amplia aún a pesar de mantener su imagen juvenil y extravagante que tan lejos podría situarse de los ambientes frecuentados: Alejandra sigue vistiendo con pantalones y amplios jerséis, no usa maquillaje y su pelo revuelto y corto le confieren un aspecto casi infantil que ella cree esconder gracias a la brillantez de su poesía y su literatura. Pero todo este oropel va haciendo mella en su espíritu, psíquicamente padece crisis depresivas, sus fracasos sentimentales tampoco la ayudan, es adicta a las pastillas y al alcohol:

“Reconocido mi naturaleza viciosa: necesito vivir ebria… sólo después de haber tomado diez cafés y tragado varias pastillas de ‘revitalizantes cerebrales’ puedo respirar con libertad, andar sencillamente por las calles sin que el deseo de matarme se haga imperioso.”

Su poesía está alcanzando difusión mundial a través de prestigiosas revistas francesas y empiezan a compararla con poetas surrealistas, con los románticos alemanes o con los poetas malditos franceses; Corbière, Rimbaud, Mallarmé, Verlaine…

En 1963, todavía durante su etapa parisina, se publicará la obra en prosa antes citada y origen de este escrito: La condesa sangrienta en la que retrata a un personaje alejado de todo lo que podemos considerar atributos humanos, la condesa húngara Erzébet Báthory (1560-1614), un personaje que sin ningún tipo de compasión o remordimiento se entrega a los crímenes más horrendos y sádicos para satisfacer su pasión sexual en el ambiente cerrado de su castillo de Cachtice en la actual Eslovaquia, alejado de todo el universo que la rodea. Como dije al principio esta obra trasluce la fijación de Alejandra con ideas de muerte y de locura en un itinerario fúnebre que llevará hasta sus últimas consecuencias.

Ilustración de Santiago Caruso, obra citada, página 55

Su regreso a Buenos Aires, en 1964, como una poeta consagrada con relaciones importantes le permiten el contacto con instituciones de prestigio dentro del mundo cultural y literario de la capital aunque ella continúa considerándose extranjera y renacen su fantasmas de la infancia, aquellos problemas con el acento español que suscitaban las burlas de sus compañeras:

“Por mi sangre judía, soy una exilada. Por mi lugar de nacimiento, apenas si soy argentina (lo argentino es irreal y difuso). No tengo una patria. En cuanto al idioma, es otro conflicto ambiguo. Es indudable que mi lugar es París, por el solo hecho de que allí el exilio es natural, es una patria, mientras que aquí duele.”

Su vida discurre por los mismos cauces, se enamora de una fotógrafa y vive con ella durante dos años; la mala relación con su madre se agudiza tras la muerte del padre en 1966, aunque sea ella la encargada de poner cierto orden en el desarreglo vital de su hija:

Mi madre, celosa de mi soledad poblada (al menos en apariencia), agota todos los medios para molestarme y ofenderme. En verdad, vivir con ella es una maldición. Si hay pecados y, por consiguiente un castigo de ellos, el mío es vivir a solas, a los treinta años, con mi madre.”

Tras un viaje a Nueva York gracias a una beca Guggenheim regresa horrorizada de la forma de vida americana, quiere regresar a su añorado París en un intento de resarcirse de la mala experiencia neoyorkina. En 1969 lo hace pero lo que encuentra nada tiene que ver con lo que dejó. Del París de su imaginación y de sus recuerdos no queda nada, está americanizado y la subversión surrealista ha devenido en un acomodamiento burgués que no le aporta interés alguno. Ni París ni Buenos Aires pueden considerarse su casa, el lenguaje será su única patria.

La madrugada del 25 de septiembre de 1972, tras dos intentos previos de suicidio que la mantuvieron hospitalizada, una sobredosis de Seconal, potente barbitúrico depresor de la actividad cerebral e inhibidor de sistema nervioso, acabó con su vida; quizás el suicidio acortó una forma de muerte aplazada propiciada por su larga relación con el alcohol, el tabaco y las pastillas que la acompañaban siempre. Fue una amiga quien la llevo al Hospital Pirovano, en el barrio de Conghlan, ya sin vida. Trasladaron el cadáver a la sede de la Sociedad Argentina de Escritores donde quedó expuesto, cubierto con la estrella de David, para que lo velaran. Entre sus papeles de trabajo un texto premonitorio, quien sabe si intencionado:

“No quiero ir nada más que hasta el fondo” (1)

Además de la preciosa edición ilustrada por Santiago Caruso de La condesa sangrienta publicada en 2009 por Libros del Zorro Rojo en el catálogo de nuestras bibliotecas se pueden encontrar varias obras de Pizarnik, incluyendo poesías completas, sus diarios y su correspondencia. Dejo relación de las obras de esta autora, no os defraudarán:

  • La tierra más ajena, 1955.
  • Un signo en tu sombra, 1955
  • La última inocencia, 1956.
  • Las aventuras perdidas, 1958.
  • Árbol de Diana, 1962.
  • Los trabajos y las noches, 1965.
  • Extracción de la piedra de locura, 1968.
  • Nombres y figuras, 1969.
  • Poseídos entre lilas, 1969 (obra de teatro).
  • El infierno musical, 1971.
  • La condesa sangrienta, 1971.

(1) Cristina Piña. Alejandra Pizarnik: Una biografía. Buenos Aires, Corregidor, 2005.

(2) Ángeles Vázquez. Alejandra Pizarnik: La “lúgubre manía de vivir”. [s.l., s.a.]

NOTA: La totalidad de los entrecomillados en cursiva provienen de sus Diarios conservados en la Universidad de Princeton y sobre los cuales se pueden encontrar diferentes ediciones. Recomiendo la de Lumen a cargo de Ana Becciú:

Becciú, Ana. Pizarnik Diarios. Barcelona: Lumen, 2003 (Hay una nueva edición revisada publicada en 2013).

 Antonio F. Fernández Luque

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